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sábado, 27 de octubre de 2012

Merece la pena




Hace tanto que no actualizo el blog que ya no me acuerdo ni cómo se hace, pero no me voy a entretener en dar explicaciones sobre ello.

La cosa es que estoy aquí de nuevo, y en esta entrada os voy a contar un poco mi vida.
Allá por abril andaba yo aceptando mi situación de “joven-24años-carreraterminada-sintrabajo-sinposibilidaddecambio” con toda la dignidad que me era posible, cuando me llamaron de un colegio para hacer una entrevista. Ésta estuvo bastante bien, y tras volteretas y carambolas, el 19 de mayo estaba empezando como tutora sustituta en el aula de 2 años. Fue durillo: los niños estaban desquiciados con el cambio de profesora, el calor, etc, etc... Y yo lo hice lo mejor que pude.
Después me renovaron para septiembre, esta vez cubriendo una baja para 1º de Ed. Infantil, y ahí empezó lo bueno. ¿Por qué? Pues porque tuve que hacer frente a la decoración del aula, a la reunión de padres, a la adaptación de treinta niños de 3 años, con sus treinta mochilas, treinta babis, treinta jerseys, treinta abrigos, y los treinta berridos, llantos y revolcones... Y si le añadimos un insomnio persistente por el sentimiento de responsabilidad excesiva, y lo aderezamos con una pérdida importante de voz, pues os podéis imaginar.
Al empezar octubre estaba yo toda indignada, bastante desilusionada, con un sentimiento de frustración importante, y si os llegáis a cruzar conmigo me habríais escuchado mascullar frases como “yo no valgo para esto”, “me han timado”, “esto no me lo contaron en la universidad”, “voy a ver qué me invento para dejar el trabajo mañana mismo y me apunto a un grado superior de secretariado o algo así”.
Y es cierto, el trabajo con niños es durísimo. Algo nos dijeron en la universidad, pero nadie me habló del pánico constante a que se te escape un niño, de las carreras cual jugador de rugby con una niña en brazos porque “¡profe, pipí!” en mitad de clase, del desequilibrio que te puede ocasionar un abrigo sin nombre, de lo paranoica que te puedes llegar a volver y que puedes pasarte el día entero contándolos y recontándolos.
Tampoco me hablaron de lo que más me preocupa ahora: la voz. Amigos, desde que he empezado a trabajar me asusto cada vez que me oigo hablar porque parezco una consumidora habitual de carajillos y vivo con la espada de Damocles encima en forma de nódulos laríngeos. En ese momento, me empezaron a llover los consejos: que si infusión de tomillo con miel, que si gárgaras de bicarbonato con limón, que si clara de huevo templada... Cada uno de me cuenta sus enjuagues, a cada cual me da más asquete, y en esas estoy.
Pero para terminar bien, deciros que nadie me habló tampoco de lo bonito que puede llegar a ser ver a un niño avanzar y llegar a clase con el paso firme de un rey, cargando con su mochilita de Pocoyó y una sonrisa como un sol “porque ya soy mayor”. Tampoco me hablaron de la ilusión que hace ver cómo lo que parecían garras se van convirtiendo en pinzas digitales tan precisas como para despegar un gomet sin que suponga un drama. El triunfo de abrocharse un botón. Lo estupendas que pueden ser las tutorías individuales con los padres, esos a los que nos venden como los eternos enemigos del profesor. Los besazos y achuchones que te plantan los canijos (con los que, todo hay que decirlo, te pegan virus, bacterias, piojos,  ¡pero qué mas da!) cuando te ven llegar después de tomarte tu descanso.
Ahora, dos meses después de duro trabajo puedo decir que no me timaron, es que sólo me contaron parte de la verdad.
Aún así, merece la pena.

miércoles, 14 de marzo de 2012

I promise


Llevo muchos muchos meses sin escribir nada de nada.
"Otra niña inconstante que se encaprichó, hizo un par de entradas y abandonó la tarea dejando otro blog desamparado a la deriva", pensaréis.
Todo comenzó con los exámenes de enero, ese horrible trámite (y totalmente innecesario...) por el que debe pasar cada cuatrimestre la especie humana llamada 'estudiantes', que captaron toda mi atención, energías y tiempo, y cumplieron su cometido: poner mi vida patas arriba.
Después de eso me disponía a empapelar de curriculums todos los colegios privados y concertados de la Comunidad de Madrid, y había hecho los correspondientes buenos propósitos de nuevo cuatrimestre (estudiar a diario, ir a clase y demás juramentos...), y cuando me quiero dar cuenta, me descubro cuidando unas niñas por las tardes y preparándome para conseguir el First Certificate in English por las mañanas, estudiando como si no estuviera bien de la cabeza.
¿Estamos todos locos, o qué?
Pues no. Desgraciadamente, y aunque suene a topicazo, estamos en crisis.
Por eso una maestra y estudiante de Pedagogía se pone irremediablemente a cuidar niños, dar purés en un comedor escolar o impartir clases particulares, para poder costearse aunque sea el Abono Transportes.
Por eso mismo, da igual las aptitudes docentes que tengas: si no hay inglés, ensaya para disimular la cara de idiota que se te quedará al ver que no tienes ni una sola oportunidad como tutora de canijos, aunque no les tengas que decir nada más que "Good morning, guys!".
Y todo se va volviendo feo, te desanimas, piensas que te has equivocado, que te tenías que haber metido a economista o a ingeniero (ni que a ellos les fuese mejor, oye!), que qué te has pensado.
Y lo vas dejando, lo vas dejando......
Hasta que a mi padre le da por pasearse por mi blog y dejarme este regalo. Entonces leo lo poco que he escrito, y veo lo mucho que quería escribir: Pedagogía Wardolf, Didáctica de la Música y la Educación Artística, TDAH, Rincones de Actividad en Educación Infantil, trabajo con los padres, manualidades con los más pequeños... ¡¡todo tan interesante!!
Así que aquí estoy de nuevo. No sé cuándo prepararé las publicaciones, ni cuando las escribiré (en enero fueron los exámenes, ahora son los 'Phrasal Verbs' dichosos...), pero lo voy a hacer. I promise :)

martes, 20 de diciembre de 2011

No me seas moñas, corazón...


Cuando la profesora de Infantil de mi hermano Jaime se enteró de que estaba estudiando Magisterio, me dijo: "Vente cuando quieras".
Así que un lunes, porque sí, me planté en la fila del cole con mi hermano de la mano, y entramos los dos juntos a clase. La verdad es que mi hermano no se ha andado nunca con muchas contemplaciones, y así como cualquier otro niño habría estado fardando delante de sus compañeros porque su hermana mayor iba con él a su cole, Jaime como si nada, oye.
La cosa es que estuve toda la mañana en la clase de cuatro años viendo cómo empezaban en día, cómo trabajaban, la dinámica de clase... y lo que más me llamó la atención fue el conocido clima de aula. Todo el mundo ha tenido la experiencia de entrar en una sala y notar rápidamente el ambiente o clima: si hay tensión, si hay tranquilidad, si acaba de haber un conflicto, si hay buen rollo y alegría, etc. Pues con las clases (y por increíble que parezca, en Infantil también) pasa lo mismo. Se pueden percibir un montón de cosas sobre el estilo de una maestra en cuanto se pone un pie en su aula. Y a mí me gustó mucho conocer el estilo de esta profesora en acción.
A parte de dejar mucha libertad de acción a los niños a lo largo de sus clases, de ser flexible en los horarios, de observar más el proceso que el resultado, me sorprendió la forma en que hablaba a los pequeños y cómo intentaba que ellos la hablaran a ella.
Una niña se acercó y dijo: "¡Prooooofeeeeee, es que se me ha caído el aguaaaaaaaa...!" con esa voz chillona y lastimera, casi llorona, de los niños pequeños cuando se ponen tontorrones.
Y ella, sin inmutarse, respondió: "Oye, a mi no me hables así ¿eh? ¡Que me da una pena que me muero! A mi háblame como una persona normal, como te hablo yo a ti. Vienes y me dices: 'Mira, Julia, se me ha caído el agua, ¿me ayudas?' y yo voy y te ayudo de mil amores, ¿entendido?"
Y a continuación se volvió y me dijo: "Los niños hablan así porque tantas veces los mismos adultos les hablamos así. Pero en realidad se merecen que les queramos mucho, y por tanto, les tratemos como lo que son: personas".
Esto es querer conseguir que nuestros niños no sean unos moñas redomados. Pues querer a un niño, ser paciente, respetuoso, cariñoso y comprensivo con él no significa hablarle de manera aniñada, afectada o dulzona. Eso más bien le perjudica.
¡Feliz martes, señores!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Con los niños, cada día es nuevo


Llevo unos días acordándome de mi primer curso de Magisterio. Fue graciosísimo. La verdad es que no sé por qué elegí estudiar esa carrera. Fue una decisión completamente ciega, pues no tenía ni idea de lo que iba a descubrir unos meses después de realizar mi matrícula.
Mi primer año de carrera supuso para mí un impacto enorme en muchos sentidos:
Por un lado, el cambio radical de la enseñanza en los institutos (aunque ya no tan radical) al modo universitario. Por otro, el conocimiento y el trato diario con gente tan diferente a mí -aunque solo fuese por la cantidad de años que me sacaban algunas de mis compañeras-. Y por último, el hecho que más me marcó: el descubrimiento real del magisterio, el estudio profundo de la infancia y la educación.
El cambio de mi visión de la educación y de mi futura labor docente fue tan radical y me impactó tanto que en mitad de una clase estupenda de una profesora que recordaré siempre, me eché a llorar. No sé muy bien por qué, quizá porque me veía incapaz, no sé. La cosa es que ahí comenzó el cambio.
Después de esto, el resto de años de carrera fue hacer trabajos y más trabajos, o por lo menos así lo recuerdo, aunque internamente yo estaba (y estoy) dando forma a ese pensamiento sobre el tipo de profesora que podría llegar a ser.
Seamos sinceros: todos tenemos los mejores propósitos, ya se sabe que los maestros somos tremendamente idealistas. Pero tantas veces nuestros enemigos somos nosotros mismos, y de repente un día nos descubrimos hablando a un niño como juramos y perjuramos mil veces que jamás hablaríamos. O interfiriendo como auténticas estrellas en una situación de aprendizaje en la que era mejor esperar y observar con atención al verdadero protagonista: el niño.
Por suerte, ya nos avisaron de que sería "DI-FI-CI-LÍ-SI-MO" intervenir sin interferir en el aprendizaje. Pero por suerte también, con los niños cada día es nuevo. Todos los días se vuelve a empezar.